Cocaína y caramelos

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Decía Jimmy Cobb que Kind of blue debió hacerse en el cielo. El que después de 50 años es considerado como el mejor disco de la historia del jazz representa como pocos ejemplos la estrategia creativa de provocar accidentes. En su curiosa gestación, Miles Davis convocó a sus músicos sin ensayos previos de tal modo que todos ellos acudieron a la sesión con una idea difusa de lo que allí iba a suceder. En plena grabación Wynton Kelly, pianista oficial del sexteto de Davis, es sustituido por Bill Evans quien había acompañado al trompetista un año antes de forma fugaz para abordar una incipiente carrera en solitario. Esta breve experiencia marcó profundamente a ambos músicos; cuando Miles estaba pensando en el que sería el disco que lo cambiaría todo en el curso del jazz hacia un estilo modal, en realidad estaba atisbando el universo armónico del pianista de tal suerte que no es exagerado afirmar que Kind of blue es casi un disco de Evans bajo la dirección creativa de Davis.

Para el pianista el contacto con el genio visionario de Illinois también supuso un punto de inflexión en su vida personal y su carrera como artista, un cruce de caminos que le condujo a lo más alto en el terreno creativo y al infierno más devastador de la autodestrucción personal a un tiempo. Bill Evans era un joven extremadamente tímido, disciplinado estudioso del piano, instrumento para el cual no se consideraba especialmente dotado, y sobre todo era un artista con una sensibilidad de máxima profundidad y un sentido de la arquitectura armónica tremendamente sofisticado y personal. Contaba Miles en su autobiografía que el pianista se inició en la heroína al entrar en su grupo. No es difícil imaginar la introducción de aquel joven veinteañero intachable al mundo de las drogas como rito de iniciación a uno de los hábitos característicos del estilo de vida bohemio y la estética de los grandes del jazz de los cincuenta. Al igual que en el mito de Pigmalion, Davis encontró en Evans la arcilla para modelar el arquetipo perfecto del músico de jazz, no por nada el trompetista no solo ha pasado a la historia como virtuoso instrumentista y compositor sino también como descubridor de nuevos talentos y demiurgo del futuro de la música de jazz.

Aquel hábito funesto acompaño al pianista hasta el trágico final de sus días, su exacerbada sensibilidad unida a su adicción fueron el filtro vital a través del cual las experiencias trágicas de su vida fueron hundiendo al músico en un abismo sin retorno; la prematura muerte de su contrabajista Scott Lafaro le dejó desolado y huérfano de una de las personas que mejor entendieron el universo musical de Evans. A su muerte el pianista vio truncada su visión musical y quedó devastado en lo personal, dejando de tocar durante meses y vagabundeando por las calles vistiendo las ropas del bajista. Llegó a perder la sensibilidad en su mano derecha por causa de la jeringuilla y a pesar de tocar con una sola mano, quienes pudieron verle tocar en esa época aseguran que su sonido era impecable.

Su vida parecía estar marcada por una maldición que suponía hundirse en lo personal para ascender en lo artístico. Y esa trayectoria curiosamente era perfectamente coherente con su forma de entender el arte. Persona culta, tremendamente educada y con un nivel intelectual fuera de lo común pensaba que su música tenía que alcanzar el carácter de inevitable, una música transparente que solo podía ser de aquella manera en aquel momento y aquel instante de improvisación, una música para la eternidad, sólida, incontestable y a la vez llena de sentimiento. Pero esa idea de arte necesario implicaba una renuncia total hasta sus últimas consecuencias; no podía uno pretender llegar hasta el final en lo artístico y guardar la ropa en lo personal.

A mediados de los setenta su compañera se suicida al ser abandonada por el músico y este desolado abandona Nueva York buscando el refugio y la protección de su hermano Bill, también pianista y un intelectual notable quien no solo lo acogió sino que convenció a Evans para seguir un programa de desintoxicación que resultó positivamente y fue el comienzo de una nueva etapa musical brillante en trío con Marc Johnson y Joe Labarbera. En la primavera de 1979 cuando regresaba a su apartamento tras un concierto el pianista recibió una llamada anunciando el suicidio por depresión de su hermano. Evans se refugió en la música y la heroína en una alocada carrera hacia un final anunciado, tocando en vivo prácticamente a diario sin apenas comer y consumiendo cantidades enormes de droga. Su música de aquella época sonaba con una fuerza lírica y una claridad inusitada, de madrugaba después de un agotador concierto se le podía ver vagando por las calles; sus allegados veían con preocupación al genio del piano aguantando en pie a base de consumir cocaína e ingerir caramelos como único sustento. A finales de 1980 el batería del trío irrumpe en su apartamento para llevarse al músico al hospital quien moriría al día siguiente por una úlcera sangrante y con una fuerte desnutrición.

La historia de Bill Evans además de desgarradora es relevante porque es el ejemplo perfecto del gigante, el genio de otro mundo que sin embargo se muestra humano a través de una debilidad hasta el punto extremo de llevarle a su aniquilación personal. Esa combinación de altura inalcanzable en cuanto a talento y vulnerabilidad exacerbada conforma la amalgama de variables perfectas par construir el mito. Es lo que nos permite rendirnos en admiración y a la vez empatizar, sentirnos cerca en lugar de amenazados por ese ser superdotado.

En toda empresa humana hay un punto de inflexión a partir del cual un nivel excesivo de éxito se traduce en poder y ese poder se vuelve amenazante para los demás con la consiguiente reacción de alejamiento. El fracaso temporal, el tropiezo del genio cercano, por contra, hace que nuestro apoyo aumente hasta posturas incondicionales.

El mensaje de Bill Evans es la renuncia a todo en favor de una visión personal pero desde lo humano, Bill Evans fue una de esas personas especiales que marcan a la humanidad hasta donde puede llegar un hombre sin dejar de serlo en ningún momento; una artista sagrado y tremendamente humano a la vez.

About Valentín Iglesias

Consultor de marca, diseñador y guitarrista de jazz.

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